Ciencia Vs Naturaleza

El duelo titánico entre Nairo Quintana y Chris Froome se asemeja en muchas cosas a la rivalidad deportiva que existe entre Cristiano Ronaldo y Lionel Messi. Se dice del ciclista británico de origen keniano que es un “robot”, una máquina creada en laboratorios, un ganador hecho a base de entrenamientos y algoritmos. De igual modo se trata al futbolista portugués del Real Madrid. Mientras tanto, de Nairo y de Messi se dice todo lo contrario. Prodigios, talentos natos o bendecidos, son sólo algunos de los adjetivos con los que se describen estos dos pequeños (en estatura) atletas, quienes brillan por su explosividad, y quienes casualmente comparten una característica polémica: la falta de expresividad.

Pero sería faltar a la verdad encasillar a Chris Froome como un deportista “inventado”, pues por mucha ciencia y mucho entrenamiento que se le haya invertido, es claro que, de no haber talento, ningún esfuerzo por volverlo un ganador sería efectivo. Así mismo, si Nairo no tuviera las posibilidades tecnológicas que le brinda el Movistar, de nada serviría su capacidad natural para escalar grandes cumbres, ni su resistencia casi sobrenatural para soportar cualquier clima y para absorber oxígeno.

Las claves del fenómeno Froome son, además de sus calidades atléticas, la formación del equipo Sky, con Dave Brailsford a la cabeza; la posterior llegada al equipo del australiano Tim Kerrison; y claro, el famoso potenciómetro, un bicicomputador que le ha generado innumerables e injustas sospechas al tricampeón del Tour de Francia.

En 1995 HeinVerbruggen, por entonces presidente de la Unión Ciclista Internacional, declaró que el ciclismo británico era “el agujero negro de este deporte en Europa”, dado que la presencia de sus corredores era meramente testimonial en las grandes carreras. En aquella época la Federación Inglesa de Ciclismo se financiaba a través de la lotería, con un presupuesto que no llegaba a las 100.000 libras al año.

El siguiente paso fue obvio. Con todo el mundo a su favor, Brailsford tuvo luz verde para montar el proyecto del Team Sky, con miles de millones de libras para contratar corredores, entrenadores, psicólogos, mecánicos, nutricionistas y hasta científicos. Sky apareció en 2009 y, desde entonces, ha marcado la pauta de entrenamientos y de estrategias de carrera a nivel mundial.

El escuadrón de los ‘hombres de negro’ cuenta con 85 auxiliares para 30 corredores. La nómina se divide en tres o hasta cuatro grupos, y de igual modo se reparten los auxiliares, lo que le da al equipo una preparación más personalizada, más minuciosa y precisa.

Hay un equipo de cocineros que elabora los menús en función de los requerimientos de peso/potencia que vayan a necesitar los corredores en cada etapa, e incluso a la indumentaria deportiva, pues el Team Sky cuenta con maillots de diferente densidad de tejido en función de la temperatura y porcentaje de humedad que vaya a hacer en la carretera. Por un lado están los entrenamientos condicionados, con una metodología científica que trata de recrear las condiciones de temperatura y humedad que posteriormente deberán soportar los corredores. Por otra parte está el entrenamiento invisible, una de las grandes armas del Sky de Brailsford, centrándose en aspectos como el descanso, el impacto emocional e incluso el corte de cabello.

Entre los primeros auxiliares se encuentran técnicos cuyo trabajo consiste en desinfectar las habitaciones donde van a dormir los corredores para eliminar los ácaros y revisar los flujos de aire acondicionado. Durante el Giro de Italia de 2014 el equipo renunció a dormir en hoteles para hacerlo en el motorhome, una espectacular caravana acondicionada en la cual cada uno de los corredores tenía un colchón y una almohada diseñados específicamente para sus requerimientos de descanso.

Pero el éxito de Froome no sería tal sin Tim Kerrison, artífice del rendimiento fisiológico del cirio británico. Kerrison ha revolucionado la forma en que los ciclistas del Sky reparten sus esfuerzos para ser capaces de aumentar la cadencia cuando el organismo está cerca de su límite. La manera en que Froome hizo la subida al Ventoux en 2014 fue exactamente igual a un entrenamiento. Y es que la estrategia de los ‘hombres de negro’ no se limita a hacer series a un ritmo constante. Se trata de manejar cambios de ritmo para ir, digamos, de 350 a 650 vatios durante unos segundos, atacar y conseguir un hueco sobre el rival para, a continuación, volver a bajar a 350 vatios. Picos muy altos y valles intensos, pero sostenibles. Ese esfuerzo extra produce una carga de lactato en el músculo, un factor limitante que puede sobrellevarse con el entrenamiento adecuado.

Luego está el programa informático especializado Triningpeaks, o el famoso potenciómetro, el cual no es su secreto, porque otros equipos como lo utilizan. Aunque posiblemente sin sacarle el rendimiento de Kerrison, al que le permite transmitir a cada ciclista los planes individualizados de entrenamiento, recibir sus datos de potencia, de kilometraje o de velocidad. Esos datos que, supuestamente, fueron pirateados de su ordenador y utilizados para acusar de dopaje a Froome.

Sobre el “estilo sentado” de Froome también hay una explicación. Según Kerrison, ofrece una clara ventaja. El trabajo en el túnel de viento ha demostrado que hay menos resistencia cuando un ciclista permanece sobre su sillín en vez de incorporado y haciendo palanca. Esto se aplica incluso a velocidades relativamente bajas de escalada.

Kerrison es partidario del ensayo-error. Dice que nunca impone un entrenamiento a Froome o a cualquier corredor del equipo si antes no lo ha probado él mismo, “aunque a un nivel mucho más bajo”. Su método se basa en la “periodización inversa”; en líneas generales, dar la vuelta a la planificación que siempre se ha utilizado en el ciclismo. Froome empieza la temporada a una intensidad alta y poco volumen y con el paso de los meses se baja la intensidad y se aumenta el volumen. Para el preparador del Sky, el entrenamiento debe parecerse a la competición.

El entrenamiento de Nairo, en cambio, podría decirse que es más artesanal. Cuando llegó al Movistar, hace cuatro temporadas, el boyacense vivía en Pamplona y entrenaba por esa zona o cerca de Andorra. También seguía los planes del equipo, que básicamente se ceñían a una concentración en algún lugar de España, Bélgica, Francia u Holanda, y a entrenamientos grupales bajo las órdenes de cualquiera de los técnicos: Chente García Acosta, José Luis Arrieta o el mismo Eusebio Unzue. Pero transcurridos los primeros años, y luego de las demostraciones de calidad de Nairo, el equipo entendió que debían dejarlo trabajar solo, con la presencia de algún entrenador para hacerle seguimiento, pero en su tierra, en Boyacá, donde tenía montaña, llanos y, lo mejor de todo, altura y familia.

Movistar nunca contó con el presupuesto del Sky, de modo que sus materiales nunca fueron los mejores, pues incluso el Astana y el desaparecido Tinkoff tenían mejores equipos. Gracias a los triunfos de Nairo, al conjunto telefónico comenzó a lloverle dinero, y ahora cuentan con bicicletas de primera generación, con bicicomputadores, y con un cuerpo de auxiliares cercano a las 50 personas.

Nairo no tiene a un Tim Kerrison para apoyarlo, pero tiene a Boyacá, a su familia, a sus montañas. Se entrena durante dos o tres meses en su tierra, y luego vuelve a Europa para enfrentarse al robótico Froome. Es un duelo entre la ciencia y la naturaleza, si se quiere, un duelo al que le quedan varios capítulos en las carreteras del mundo.

Desde que comenzaron a enfrentarse, en 2013, Nairo y Froome han vencido en 27 carreras, siendo 14 para el boyacense y 13 para el obelisco británico. Chris llegó al ciclismo de ruta desde la pista, terreno en el que conquistó varios títulos. En cambio, Nairo dio el salto desde las montañas cundiboyacenses directamente a las carreteras europeas. Es decir, mientras que Froome ya sabía lo que era entrenar en velódromos, en túnel de viento, en seguir programas nutricionales y de entrenamiento, Nairo llegó a experimentarlo todo por primera vez, y en medio de competencias oficiales.

Antes de Brailsford y Kerrison, el ciclismo inglés era un punto negro a nivel mundial, pero a partir de esos dos personajes, el protagonismo no se hizo esperar. Ningún corredor de la isla había ganado el Tour en 99 años, hasta que Bradley Wiggins rompió la estadística en 2012, y su compatriota Chris Froome la secundó en 2013, 2015 y 2016.

En 2001 Dave Brailsford se puso al frente del ciclismo británico,
dispuesto a cambiar ese panorama. Lo hizo construyendo una nueva estructura totalmente desde cero, con nuevas formas de organización y una metodología de entrenamiento radicalmente distinta a lo visto hasta entonces. El trabajo de Brailsford no tardó en recibir recompensa, primero de la mano del Mundial de persecución que ganó Bradley Wiggins en 2003 y, después de los millones de libras que llegaron posteriormente, con más de 20 medallas olímpicas en las citas de 2008 en Pekín y de 2012 en Londres.

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